Así podemos aprender que, si realmente queremos influir en el mundo, debemos mantener cierta singularidad y particularidad. La particularidad judía, la preservación de nuestra propia identidad, es lo que nos permite ser el “padre de muchas naciones”. Esto contrasta con la tentación de pensar que el camino de asimilación a las culturas del mundo nos permitirá influir en ellas. La Torá nos revela que precisamente al regresar a 'nosotros mismos' traemos una bendición al mundo entero.