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VAIGASH – SE ACERCÓ

¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

VAIGASH – SE ACERCÓ

 

Génesis 44:18 – 47:27

 

Algunos conceptos, preceptos o valores del porción semanal:

 

Ser uno mismo.
Defiende y lucha por lo tuyo.
Confianza en Di-s.
Amor a la familia y la pareja.
Respeto a los padres.

HISTORIA SEMANAL

 

Apreciados lectores, el siguiente cuento hace referencia a la importancia de ser uno mismo y valorarse apropiadamente por lo que uno es, valores que extraemos de la porción que leemos en la Torá esta semana.

EL ANILLO

 

“Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?”.

El maestro sin mirarlo, le dijo: “Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después” y haciendo una pausa agregó: “Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.”

“Encantado, maestro” titubeó el joven, sintiendo que nuevamente era desvalorizado y sus necesidades postergadas.

“Bien”, asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba puesto y dándoselo al muchacho, agregó: “Toma el caballo que está allá afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.”

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Éstos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por la joya. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. Con afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.

Después de ofrecer su joya a toda persona que se le cruzaba en el mercado, abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó. Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro, podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces sus consejos y ayuda.

Entró en la habitación. “Maestro” dijo, “lo siento, no pude conseguir lo que me pidió. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor de anillo.”

“Qué importante lo que dijiste, joven amigo” contestó sonriente el maestro, “debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregunta cuánto te da por él, pero no importa lo que te ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.”

El joven volvió a cabalgar. Llegó al joyero y luego de entregarle el anillo éste lo examinó con su lupa, lo pesó y luego le dijo: “dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más de cincuenta y ocho monedas de oro.”

“¡58 Monedas!” exclamó el joven.

“Sí”, replicó el joyero, “yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero en este momento tengo solamente 58.”

El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido. “Siéntate,” dijo el maestro “después de escucharlo.” Tú eres como ese anillo, una joya valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?” Diciendo esto, volvió a colocarse el anillo.

Moraleja:

Todos somos como esta joya, valiosos y únicos. Debemos estar seguros que para el experto por excelencia, el Eterno, somos de un valor incalculable, no sólo porque conoce mejor que nadie nuestra vida sino aún mejor, fue Él quien nos creó a su imagen y semejanza.

ENSEÑAN LOS SABIOS

 

*** “Le dijo Iosef a sus hermanos: ‘Yo soy Iosef. ¿Mi padre aún vive?’. Y no pudieron sus hermanos contestarle pues quedaron perplejos” (Génesis 45:3).

En este versículo se describe lo que ocurrió cuando Iosef se reveló ante sus hermanos. Rabí Itzjak Blazer, nos explica la profundidad que esto encierra: Iehudá le alegaba al gobernante egipcio, Iosef, que a pesar de que él tenía razón al decir que Biniamín se merecía un castigo por haber robado la copa, de todas formas Iaacov no había hecho nada malo, y no se merecía el castigo que le saquen un hijo; entonces se estaría castigando a una persona inocente.

Al comienzo, Iosef no podía contestarles nada a ellos pues no quería revelarse, pero ahora que él les dijo quién era, inmediatamente dio una respuesta al alegato de Iehudá:

“Yo soy Iosef, el que vendieron a Egipto pues pequé contra ustedes, pero ¿mi padre aún vive? ¿Él puede soportar el sufrimiento de mi venta y seguir viviendo? La misma pregunta que ustedes me formularon a mí yo se las hago a ustedes: ¿Cómo pudieron permitir que nuestro padre sufra por más de veinte años cuando él no había pecado en absoluto?”.

De aquí aprendemos, que a veces nosotros podemos llegar a alegar que alguien se comporta de manera inadecuada, pero puede ser que también nosotros nos estemos comportando del mismo modo. Es por ello que cada uno debe cuidar su hablar y su comportamiento para que no exista contradicción alguna entre sus palabras y sus acciones.

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO Y LA REFLEXIÓN

 

¿Qué aspectos de mi persona puedo mejorar? ¿Cómo puedo lograrlo?

¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

Acerca de Rabino Aaron Ribco

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